El sitio de mi recreo

Recuerdo con extraña precisión y nostalgia la primera vez que atisbé la magnitud que una canción puede encerrar en tan solo cuatro acordes. Una expresión tan directa como bella, tan popular como conmovedora, y tan sencilla como majestuosa.

Yo tenía doce años recién cumplidos y acababa de mudarme con mi familia de un pequeño pueblo costero de Barcelona a Madrid. Lo que se presentaba ante mí como una oportunidad de empezar de nuevo se tornó rápido en desencanto: echaba de menos mi casa, el mar y las barcas de los pescadores, el colegio nuevo se me atragantaba con niños crueles y maestros vetustos, y para colmo el sitio que mis padres habían escogido para vivir me resultaba feo y extranjero.

Entre tanto disguto andaba yo inmersa cuando un buen día, colocando en la estantería de mi nueva habitación los libros que hasta entonces guardaba en las cajas de la mudanza, escuché por azar en la emisora de radio M80, el canal que solía sintonizar en la mini-cadena portátil que mis padres recién me habían regalado por mi cumpleaños, una canción que me hizo detenerme por su calidez; en ella una guitarra arpegiada acompañaba al cantautor Antonio Vega, quien con honestidad entonaba los versos de El sitio de mi recreo que tan reveladores me resultaron en el momento.

Fue tal la impresión que la canción me produjo que el tiempo se paró durante los tres minutos y medio en los que el cantautor me habló de bellos subterfugios y escapismos. Las palabras de Antonio Vega unidas a la belleza musical de la composición me conmovieron de tal manera que recuerdo que dejé de colocar los libros, apoyé mi cabeza en la estantería, y seguidamente mis ojos se llenaron de lágrimas mientras el cantautor entonaba aquello de ‘Volveré a ese lugar en el que nací’. Estas lágrimas, hasta entonces desconocidas para mí, no brotaban del dolor físico y la más pura rabia infantil, sino desde la serenidad y nostalgia que habrían de acompañarme en la edad adulta. De repente envejecí muchos años y comprendí que la pena y la meloncolía formaban parte de la vida, pero también adiviné que las canciones podían detener el tiempo y hacer del extranjero un lugar en el que merece la pena quedarse a vivir. Y es que las canciones, por muy triste que parezcan, siempre te hacen compañía y son motivo de celebración.

Aprendí además que el sitio de nuestro recreo no se encuentra en ningún pueblo ni playa, ni siquiera en una persona querida, sino que es un lugar mucho más hondo e incierto que habita en cada uno de nosotros, y es a ese lugar al que intento llegar ‘En Mis Viajes’.